Nativa o extranjera… ¿La misma clase obrera? – Notas acerca de la unidad revolucionaria del proletariado local y migrante.



  1. El fenómeno de la inmigración desde la óptica burguesa

Es imposible negar que el debate sobre la inmigración en España constituye a día de hoy uno de los puntos de referencia del discurso político burgués. Auspiciado por el auge de la extrema derecha parlamentaria (VOX) y extraparlamentaria (Núcleo Nacional), que hacen del ataque a la inmigración su gran caballo de batalla, la inmigración ha llegado a aparecer mencionada por el CIS como uno de los problemas principales para los españoles, siendo ésto una muestra palpable del éxito que está teniendo las narrativas reaccionarias dentro de la población española. Pero el debate acerca del fenómeno migratorio no es solamente un discurso ideológico agitado por la ultraderecha, es ante todo la muestra de una realidad la cual es cada vez más difícil de ignorar. Vemos como al igual que en otros tiempos, la extrema derecha y el neofascismo hacen del migrante una figura abstracta que condensa todos los problemas sociales: criminalidad, corrupción, violencia, destrucción de los lazos sociales; el migrante es convertido en el otro, el gran enemigo a señalar. Hoy es en España la población de origen magrebí, pero antaño era la población latina, el migrante chino o el rumano, da absolutamente igual, la narrativa fascista actúa siempre exactamente igual: fetichiza en una etnia todos los problemas sociales. El ejemplo clásico de esta fetichización racista es la visión del capitalismo financiero propio de la ideología nazi, un constructo que permitía verter sobre la población judía todos los males de la sociedad al ser caracterizados como una clase ociosa, parasitaria, directora desde las sombras de todas las instituciones que ahogaban a Alemania al mismo tiempo que los grandes industriales y patronos eran salvados al ser parte del llamado capital productivo alemán.

Es por ello que el racismo y la xenofobia inherentes al fascismo no constituyen meros prejuicios, sino elementos esenciales que ejercen una función ideológica muy precisa. Desde arriba, permite estructurar el Estado en torno a un proyecto nacional interclasista de masas en donde el migrante, al ser el otro, es el enemigo a enfrentar por la nación. El migrante se aprovecha de las riquezas nacionales, quiere robarnos lo que nos pertenece, viola a nuestras mujeres y lleva al Estado y la nación hacia el caos, así razona el fascista. Por ende la lucha contra el migrante permite integrar a las masas en un proyecto nacional de corte reaccionario en donde el chovinismo es el núcleo que estructura todo el proyecto político fascista. El fascismo no es una mera corriente reaccionaria más, sino la más negra y abierta reacción burguesa, el Partido de Nuevo Tipo de la burguesía que se lanza a defender la acumulación de capital por la vía terrorista; el odio al migrante vertebra este movimiento interclasista en donde el miedo al empobrecimiento por parte de las capas intermedias (pequeña/mediana burguesía y la aristocracia obrera) confluyen con los intereses del gran capital[1]. Desde abajo el racismo y la xenofobia ahonda en el seno de las diferencias dentro de la clase obrera y establece una división antagónica entre el proletariado nacional y el migrante, azuzando uno contra el otro en beneficio del burgués, cuya explotación queda oscurecida por los supuestos males causados por el migrante. El fascismo se muestra a sí mismo como una cosmovisión de señores, pero no deja de ser en el fondo ideología de siervos, siendo el lacayismo una de las características principales: enfrentar a los oprimidos entre ellos para reforzar el poder de los opresores, el ataque del penúltimo contra el último con el fin de mantener el status quo.

¿Cuál es la respuesta del reformismo ante la postura fascista? Simplemente aceptan la inmigración como un hecho imposible de evitar o incluso la justifican abiertamente. La inmigración es necesaria porque los migrantes se ocupan de aquellos trabajos que los españoles no desean hacer por sus condiciones de precariedad: construcción, atención doméstica, trabajo agrícola, paquetería, etc; todos ellos sectores que se encuentran conformados por un porcentaje altísimo de mano de obra migrante. Desde la óptica del reformismo el migrante es válido porque se ocupa socialmente de los peores trabajos de la sociedad, ese es su valor como seres humanos: constituirse como mano de obra barata en sectores caracterizados por su alta tasa de explotación. El reformismo se  mueve dentro de una contradicción: por un lado, apuesta por la integración de las masas migrantes, el acceso progresivo de éstas a una serie de derechos formales que la acerquen a los derechos que posee cualquier español. Pero por el otro, la necesidad del capital de mano de obra barata a la que explotar hace que el reformismo perpetúe la superexplotación que grandes bolsas de población migrante sufren en los países del centro imperialista, pues el reformismo no puede —ni quiere— enfrentarse a las fracciones que dentro de la burguesía más se enriquecen con la explotación migrante. El reformismo puede, a  lo sumo, prometer a la capa superior del proletariado migrante su integración a través de las regularizaciones, pero no prescindir en su totalidad de su explotación. Revestido bajo ropajes humanistas, la posición reformista no es más que otro polo dentro de la lógica burguesa en donde el único valor del migrante es su capacidad de ser superexplotado.

Frente a ambas posturas la izquierda radical siempre ha mantenido una misma consigna: nativa o extranjera, la misma clase obrera. Sobre las diferencias nacionales, étnicas o raciales prevalece la pertenencia internacional a una misma clase social explotada: el proletariado. Pero esta consigna, verdadera en su carácter abstracto, es pobre y falsa en su aspecto concreto; y la verdad, como señalaba Lenin, es siempre concreta. El carácter operativo de las posturas neofascistas tanto como el de las posturas reformistas socialdemócratas radica en que explotan una contradicción real existente en el seno de la clase obrera: la diferencia entre el proletariado nacional y el migrante. Nos encontramos con el hecho de que entre el proletario nacional y el migrante median las relaciones sociales desiguales propias del capitalismo en su fase imperialista, en donde la cohesión social de los estados del centro imperialista recae en buena medida sobre la buena salud de los estratos intermedios (mediana/pequeña burguesía y aristocracia obrera) cuya posición privilegiada es mantenida por la explotación de las capas hondas del proletariado y la superexplotación del proletariado migrante. Este fenómeno, que en el imperialismo adquiere su forma más cruda, es intrínseco a la generalización del modo de producción capitalista: en la génesis del modo de producción capitalista fueron las migraciones masivas del campo a la ciudad bajo la necesidad de alimentar la gran industria, hoy, en su madurez, las migraciones masivas obedecen a la división mundial del trabajo y el dominio de los países imperialistas, los cuales necesitan de la sobreexoplotación de estas masas de obreros migrantes provenientes de la periferia así como de la dependencia de sus países de origen por parte del centro imperialista. Toda la clase burguesa es consciente de ello, las políticas del ala izquierda como del ala derecha del capital solamente se encargan de gestionar o laminar este proceso de inmigración ya sea con la política «amable» del reformismo, sea con la mano dura de la extrema derecha y el fascismo como milicia disciplinadora.

  2. Explotación y superexplotación de la fuerza de trabajo migrante.

Si bien tanto el proletariado nacional como el proletariado migrante forman parte de una misma clase social y sufren ambos la explotación del capital mediante la extracción de plusvalor y su conversión en mera fuerza de trabajo, existe una diferencia crucial en cuanto forma que cambia el modo mediante el cual esta explotación es realizada. El proletariado migrante se encuentra sometido a una doble explotación o, mejor dicho, sufre la explotación capitalista desde una doble arista: en su país de origen se encuentra en una situación de miseria extrema debido a la dependencia de los países imperializados con respecto al centro imperialista, el cual extrae de éstos riquezas, materias primas o deslocaliza empresas con el fin de encontrar mano de obra asequible, abaratar costes y extraer una superganancia que es trasladada a las metrópolis imperialistas. Huyendo de esta situación de miseria el migrante arriesga su vida para llegar  al centro imperialista, donde llenará el estrato más bajo y explotado del proletariado al mismo tiempo que soporta la violencia política, jurídica y simbólica con la que el orden burgués disciplina al migrante: racismo, persecución policial, encierros en CIEs, etc. El migrante que huye de su país por la guerra o la pobreza se encuentra en España con una situación de vulnerabilidad absoluta: carencia de todo tejido social (familiar, comunitario, etc) que lo ayude, situación de irregularidad, mayores dificultades de acceso a una vivienda debido a dicha situación, racismo constante y ante todo una desigualdad explícita dentro del centro de trabajo. El estado de absoluta vulnerabilidad empuja a buena parte del proletariado migrante a aceptar las condiciones de trabajo que se les imponen, condiciones muchísimo más duras que las del proletario nacional: trabajo la mayoría en negro o por debajo de la categoría correspondida, sin estar cubiertos por la seguridad social o el convenio colectivo del ramo correspondiente, soportando jornadas de trabajo que sobrepasan las 10 o 12h por salarios miserables y poca capacidad de respuesta ante todos estos abusos. A ello se le debe sumar la desigualdad política, jurídica y simbólica: el migrante es un ciudadano de segunda clase sin voz ni capacidad de decisión política en el Estado en el que vive, situación de desigualdad que el racismo le hace tener presente cada día a través de su efecto disciplinador: no eres de los nuestros y esto es lo que debes soportar por ser quien eres. En el mejor de los casos el migrante puede «integrarse» a través del sometimiento de su situación de opresión, pero también amplias capas del proletariado migrante terminan cayendo en la marginalización absoluta deviniendo en lumpenproletariado: en el caso de los hombres su entrada en redes criminales y mafias, en el caso de las mujeres su explotación dentro de las redes de la prostitución. Se ha instalado dentro del imaginario colectivo de las tergiversaciones rojipardas, el uso de la categoría de lumpenproletariado desde un ámbito meramente moral, utilizando para ello las sentencias descalificadoras de Engels en La guerra campesina en Alemania. Nosotros nos desmarcamos de esta tergiversación y definimos al lumpenproletariado como la capa más baja del proletariado, aquella que se encuentra totalmente desgajada de la producción. Y que por ende caen dentro de un marco de marginalidad absoluta. Marx y Engels introducen dentro de esta capa a las prostitutas, a los vagabundos, pero también a ladrones y mafiosos de poca monta, lo que ya muestra una amplia diversidad dentro del propio estrato: no todo lumpenproletario es per se un criminal (prostitutas o personas que caen en la mendicidad) o si caen en ésta es precisamente por verse empujados al crimen por su situación de supervivencia, lo que les distingue de aquellos que participan conscientemente del crimen organizado.

¿Cómo se inserta el proletariado migrante dentro del mercado laboral español? Desde 2018 aproximadamente hasta hoy, la inmensa mayoría del nuevo empleo ha sido ocupado por trabajadores migrantes. Los trabajadores nativos, por contra, se han visto más beneficiados de la expansión del empleo público, que en efecto lo ejercen españoles nativos en un 90%. Al momento de elaboración de la fuente (2023) el 20% del empleo total en España correspondía a migrantes— a día de hoy sin duda será mucho mayor— destacando en este ámbito, con proporciones mayores, zonas como Baleares, Canarias, Madrid y Cataluña. La nacionalidad es uno de los factores fundamentales a tener en cuenta: los inmigrantes no europeos —la gran mayoría— tienden en gran medida a trabajar en los puestos de menor cualificación en el conjunto del mercado laboral. La población latina predomina dentro del sector servicios —reparto, logística, contact center, etc.— así como ayuda a domicilio y cuidados de mayores. Dentro de la población migrante, los más concentrados en los peores trabajos serían los subsaharianos (92% en trabajos manuales) seguidos de los magrebíes, los cuales se ocupan principalmente en el sector agrícola. En lo respectivo a la división sexual del trabajo la mayoría de las mujeres migrantes se ocupan en el sector servicios en general —aunque también en agricultura, como es el caso de las jornaleras marroquíes en Huelva y Almería— mientras que los hombres destacan por su sobrerrepresentación en la agricultura y la construcción, mientras que están infrarrepresentados en la industria.

Los inmigrantes disponen de un nivel de estudios bastante peor que el de los españoles, lo que se entiende que repercute en el tipo de empleos que desempeñan. Pero cuando poseen un nivel de estudios igual o superior suelen sufrir trabas burocráticas que les impide la homologación de los mismos, por lo que tienden a engrosar una vez más los sectores de trabajo peor retribuidos[2]: los empleos más precarios y de mayor explotación suponen una cárcel para la mayoría del proletariado migrante esté en situación legal o irregular. Esto lo confirma el hecho de cómo buena masa de población inmigrante en España, a pesar de que ya han pasado varias décadas desde que empezaron a llegar, ha quedado “estancada” en las ocupaciones con peores condiciones, con más baja cualificación. Si el 47% de los españoles nativos se emplea en trabajos de alta o media cualificación, en los inmigrantes el porcentaje es del 20%. Esta realidad es mucho más acentuada en lo que respecta a la mujeres migrantes, muy concentradas en trabajos no cualificados tradicionalmente asociados al “ámbito femenino” como son la limpieza y los cuidados, además del trabajo agrícola.  La “movilidad social ascendente” hacia empleos más cualificados y con mejores condiciones, más parecidos a las condiciones medias de los trabajadores nativos, es excepcional: el proletariado migrante rota en torno a los mismos ramos de trabajo: el trabajo manual, el cuidado doméstico, la hostelería, la construcción, la agricultura, el trabajo de paquetería/repartos, etc.

En cuanto a su retribución, los inmigrantes ganan en España un 29% menos de salario que el proletariado nacional, e incluso en ciertas zonas de España —como es el caso de Andalucía— un 49% menos según lo denunciado por CCOO.[3]Esto se debe no sólo a la disparidad en los tipos de trabajo que ejercen, sino que también existe una disparidad de un 7% del salario aunque se ejerza el mismo trabajo que un local dentro de la misma empresa. España es, de hecho, uno de los países desarrollados con mayor brecha salarial entre nativos y migrantes, muy por encima de Francia (18%) o EE.UU. (10%)[4]. En contra de lo afirmado por la propaganda ultraderechista y neofascista acerca del robo del trabajo por parte de los inmigrantes, la población migrante, sea por falta de estudios sea por la imposibilidad de homologarlos, suele ocupar empleos con menor cualificación, lo que posibilita a la población local reubicarse en sectores mejores donde los migrantes tienen difícil acceso, véase el empleo público o empleos que demandan mayor calificación. Nos encontramos ante un ciclo que perpetua el desplazamiento de la población migrante hacia los peores empleos dentro del mercado laboral —donde dominan los bajos salarios, las formas de empleo precario, temporal y estacional, además del trabajo en negro— ahondando así en su situación permanente de pobreza.

(Fuente: Un arraigo sobre el alambre. La integración social de la población de origen inmigrante en España. Pag. 163)

Nos enfrentamos a una constante: el proletariado migrante tiende a ocupar los ramos de trabajo peor pagados y precarios, aquellos empleos más duros, compartiendo éstos con las capas más hondas de un proletariado local que busca escapar de dichos sectores para reubicarse en aquellos mejor pagados. Incluso cuando el proletariado migrante y local trabajan en un mismo ramo vemos como es común que el migrante reciba una peor remuneración salarial que su homólogo local. Dentro del mismo proletariado migrante también encontramos profundas diferencias: es el proletariado de origen africano (magrebí, subsahariano) el que ocupa los peores ramos de trabajo y posee mayor dificultad a la hora de integrarse en el país debido a las abismales diferencias lingüísticas y culturales. Si la clase obrera migrante sufre mayor explotación que sus homólogos locales, dentro de la misma podemos hallar una capa más honda sobre la que pesa una forma concreta de explotación capitalista superior. Esta es la superexplotación.

La categoría de superexplotación es fundamental para entender las diferencias existentes entre la explotación de la fuerza de trabajo en los países dependientes con respecto a los países del centro imperialista y, dentro de los mismos, entre las distintas capas del proletariado[5]. A través de diversos mecanismos, la superexplotación de la fuerza de trabajo permite favorecer el proceso de acumulación de capital de los países imperialistas, siendo el proletariado migrante la capa dentro de la clase obrera más propensa a sufrir esta forma particular de explotación. Como hemos podido ver, el proletariado migrante se ocupa de esos empleos peor pagados, más precarios y menos sujetos a la protección laboral, empleos que el proletariado local rehuye o que cuando participa en ellos percibe aún mejor cuantía salarial que su homólogo migrante. Este marco que facilita el hecho de la superexplotación, especialmente en su primer mecanismo característico: el pago de la fuerza de trabajo por debajo del mínimo que el proletario necesita para acceder a los bienes de consumo que posibilitan su reproducción como fuerza de trabajo, dando lugar a, en palabras de Marx, a que el obrero se desarrolle vitalmente de un modo raquítico[6]. El pago inferior imposibilita acceder a los bienes de consumo necesarios para su propia reproducción vital, un ejemplo sangrante de imposibilidad de acceso a bienes de consumo y elementos favorecedores de la reproducción de la fuerza de trabajo son las infraviviendas que habitan los temporeros migrantes de Andalucía y Murcia, chabolas que muchas veces son arrasadas por los propios patrones para mantener en todo momento disciplinada a la fuerza de trabajo migrante[7].

El segundo mecanismo en la que se manifiesta la superexplotación del trabajo migrante y la cual ya hemos señalado brevemente es la ampliación draconiana de la jornada de trabajo, aumento de las horas que permite un aumento de la apropiación de plusvalía absoluta por parte de la burguesía:

La prolongación de la jornada laboral más allá de sus límites normales nos lleva, por un lado, a la obtención de la plusvalía absoluta, pero también es un mecanismo que permite la superexplotación del trabajador en tanto produce el desgaste extensivo de la fuerza laboral, lo cual implica la imposibilidad de pagar el valor del uso real que se hace de dicha fuerza laboral en una jornada extendida; el desgaste del obrero no equivale “a unas horas más de trabajo” sino, como explica el autor, que la reposición de la “sustancia laboral” o fuerza para laborar lleva mucho más tiempo que esas horas; ahí radica el robo al valor de la fuerza de trabajo, al tiempo de vida del obrero, por consiguiente existe una superexplotación del trabajador. Además, la prolongación de la jornada laboral atenta directamente contra los tiempos de la reproducción del trabajador y, por tanto, contra la calidad de esa reproducción.[8]

La aniquilación de la fuerza de trabajo es el aspecto fundamental de la superexplotación sufrida por el proletariado migrante en los países del centro imperialista; la abundancia de mano de obra migrante —la conformación del proletariado migrante como ejército industrial de reserva— permite la obtención de mayores cuotas de plusvalía absoluta a través de la devastación absoluta de una fuerza de trabajo que rápidamente puede ser sustituida y repuesta. El sector agrícola es quizás el ramo de trabajo donde de manera más fatídica podemos comprobar esta devastación de la fuerza de trabajo migrante fruto de la superexplotación, raro es el mes en donde no aparezcan noticias de temporeros y obreros agrícolas fallecidos a causa de las abusivas e inhumanas condiciones de trabajo a las que se encuentran sometidos[9], una constante que demuestra cómo la fuerza de trabajo migrante sufre más que cualquier otro estrato dentro de la clase obrera su conversión en mercancía que es consumida y arrojada a la basura una vez que se ha obtenido de ella hasta la última gota de plustrabajo. La dependencia de la mano de obra migrante en el sector agrícola europeo es tal, que en época de la pandemia los estados tuvieron que saltarse sus propias restricciones con el fin de facilitar la movilidad de la fuerza de trabajo como balón de oxígeno para un sector que se veía al borde de la crisis por falta de mano de obra[10]. El sector del fruto rojo andaluz se sustenta totalmente sobre los superbeneficios generados por la superexplotación del proletariado migrante, un proletariado compuesto mayormente por mujeres de origen magrebí cuyas condiciones de precariedad en sus países de origen las convierte en mano de obra fácil a la que explotar. En este sentido, estamos totalmente de acuerdo con Immanuel Ness cuando sostiene que la inmigración no supone realmente un problema para la clase capitalista internacional, pues la superexplotación de la fuerza de trabajo migrante es fundamental para el mantenimiento de los procesos de acumulación en las economías de los países del centro imperialista a la par que se ahonda en la dependencia de los países imperializados:

            Sin duda, la migración no es un «problema» para la clase capitalista internacional, sino un factor estructural integral para ampliar los beneficios capitalistas imperialistas mediante el refuerzo de las cadenas de producción mundiales. De la mano de obra migrante con bajos salarios se pueden extraer mayores niveles de trabajo excedente que de los trabajadores del Primer Mundo y, por necesidad, esta mano de obra migrante temporal es esencial para ampliar los beneficios de los capitalistas internacionales. Además, los propagandistas de la migración como desarrollo económico en el Banco Mundial y el FMI han avanzado engañosamente el mito de que los países pobres avanzarán económicamente a medida que las remesas económicas se inviertan en nuevas infraestructuras. Por el   contrario, las remesas son el producto del imperialismo económico, que beneficia a lo que Xiang y Lindstrom han acuñado como la «infraestructura de la migración», que representa a los imperialistas económicos que se benefician como intermediarios, agentes, empleadores, burócratas del Estado de origen y de destino, y más allá (2014)[11].

Ahora bien, el reconocer la mayor explotación y la superexplotación del proletariado migrante no debe llevarnos hacia los posicionamientos tercermundistas que consideran de facto a todo el proletariado de los países del centro imperialista como aristocracia obrera coaligada con los intereses de la burguesía. En La lucha de clases en los estados parásitos[12], Torkil Lauesen identifica claramente las diferencias y fricciones entre los distintos estratos de clase en el proletariado, pero no da —o no quiere dar— respuesta a la necesidad de organización conjunta de las capas hondas del proletariado local con el proletariado migrante precisamente en los ramos de trabajo más agresivos en los países del centro imperialista. Es precisamente el deterioro general de las condiciones de vida del proletariado local —incluyendo, por supuesto, su capa superior— lo que hace posible la fricción de los diversos estratos de clase, fricción que como ya hemos señalado el fascismo en su proyecto de salvación burguesa busca fomentar a través de la comunidad nacional como marco interclasista. Pero por mucho que el fascismo y los populismos de derecha busquen convertir en antagónicas estas fricciones, la intervención comunista debe tener como objetivo la organización conjunta del proletariado local y migrante contra la clase burguesa, haciendo ver que la ofensiva contra el trabajo se desata no por parte del proletariado extranjero contra el nacional sino de la burguesía contra el conjunto del proletariado en su necesidad de aumentar la tasa de explotación y con ello sus beneficios.

  3. Constituir la unidad revolucionaria de la clase obrera

De la misma manera que la aristocracia obrera constituye la élite del proletariado, su fracción de clase aburguesada, el proletariado migrante sometido a la superexplotación constituye su estrato más bajo y oprimido, a veces colindante con el lumpenproletariado. La constitución de la unidad revolucionaria del proletariado pasa por el necesario el abordaje de estas diferencias: el entroncamiento de la aristocracia obrera con las capas intermedias y por tanto su papel como correa de transmisión burguesa en el seno de la clase, así como la contradicción existente el proletariado nacional y el proletariado migrante. El obviar la existencia de esta diferencia no supone más que ahondar en el oscurecimiento de las formas de explotación y opresión dadas bajo el capitalismo en su forma imperialista. Ahora bien, es necesario recalcar que la contradicción existente entre el proletariado nacional y el proletariado migrante es una contradicción no antagónica, es decir, una forma de contradicción no caracterizada por la oposición total y que por tanto, su forma de resolución carece de la violencia que caracteriza al antagonismo. Esto es así porque como ya hemos señalado, tanto el proletariado nacional como migrante sufre una misma explotación: la explotación capitalista por parte de la burguesía, la cual constituye aspecto principal de la contradicción; junto a esta nos encontramos la forma concreta en la que esta contradicción se desenvuelve dentro del proletariado migrante (la superexplotación) y que constituye el aspecto particular dentro de la contradicción que los comunistas debemos abordar en nuestra práctica política.

La organización revolucionaria del proletariado es el medio que permite el movimiento no antagónico de la contradicción y su resolución a través de la lucha emancipadora de la clase obrera en su conjunto. Esta posición es la que diferencia al marxismo revolucionario de las distintas vulgarizaciones obreristas y economistas, las cuales afirmando resaltar el factor de clase como determinante presentan al mismo dentro de una abstracción vacía incapaz de dar cuenta de las diferencias inherentes al proletariado como clase social. Pero si algo nos enseña el materialismo dialéctico es que lo abstracto es un momento parcial y unilateral, una segmentación dentro de un proceso cuyo objetivo es la comprensión de la realidad en la plenitud de su riqueza o, en términos dialécticos, como totalidad concreta en cuyo seno se encuentran insertadas las diferencias. Para la dialéctica materialista la raza, nacionalidad, género, orientación sexual, etc. no son aspectos secundarios que puedan dejarse de lado cuando abordamos la composición social del proletariado; la dialéctica nos obliga a estudiar cómo el fenómeno universal que constituye la explotación capitalista se particulariza en distintas formas que configuran cómo ésta se desenvuelve o lo que es lo mismo, como dicha explotación se materializa de distinta manera a través de la opresión racial, sexual o nacional.

La tradición comunista siempre ha detectado en el odio azuzado por la burguesía contra los proletarios de diversas nacionalidades una forma de violencia intraobrera cuya función no es más que causar escisión en el seno de la clase misma. Este fenómeno no es nuevo, el fascismo solamente rescata y lleva a un nivel superior las viejas artimañas utilizadas por la burguesía reaccionaria contra el proletariado. Marx y Engels tuvieron la oportunidad de analizar este fenómeno con respecto a la división del proletariado inglés e irlandés en Inglaterra:

            La burguesía inglesa, además de explotar la miseria irlandesa para empeorar la situación de la clase obrera de Inglaterra mediante la inmigración forzosa de irlandeses pobres, dividió al proletariado en dos campos enemigos. El ardor revolucionario del obrero celta no se une armoniosamente a la naturaleza positiva, pero lenta, del obrero anglosajón. Al contrario, en todos los grandes centros industriales de Inglaterra existe un profundo antagonismo entre el proletario inglés y el irlandés. El obrero medio inglés odia al irlandés, al que considera como un rival que hace que bajen los salarios y el standard of life. Siente una antipatía nacional y religiosa hacia él. Lo mira casi como los poor whites de los Estados meridionales de Norteamérica miraban a los esclavos negros. La burguesía fomenta y conserva artificialmente este antagonismo entre los proletarios dentro de Inglaterra misma. Sabe que en esta escisión del proletariado reside el auténtico secreto del mantenimiento de su poderío. (…) Irlanda es el único pretexto del que se vale el Gobierno inglés para mantener un gran ejército permanente, al que, en caso de necesidad, como ha ocurrido ya, se lanza contra los obreros ingleses, después de que este ejército haya adquirido experiencia militar en Irlanda.

Las resoluciones sobre la inmigración del Congreso de Stuttgart de la II Internacional (1907) marcaron un antes y un después en cómo debía de ser la actitud del proletariado revolucionario con respecto al fenómeno migratorio, siendo considerado por Karl Liebknecht un episodio glorioso del congreso internacional. En este congreso se definió a los fenómenos migratorios «tan inseparables de la esencia del capitalismo como el desempleo, la sobreproducción y el subconsumo de los trabajadores» a la par que se dejaba patente que todas las medidas de limitación, exclusión y represión hacia los trabajadores migrantes constituyen políticas reaccionarias contra el proletariado[13]. El valor de las resoluciones del Congreso de Stuttgart radica no solamente en entender que la verdadera política proletaria, comunista, es el organizar conjuntamente al proletariado local y migrante, sino que partiendo de esta premisa se busca el abordaje del problema a través de las distintas formas de intervención que los revolucionarios deben realizar entre los obreros locales y los obreros migrantes teniendo en cuenta sus problemáticas particulares. Se comprende a la clase no como un ente homogéneo sino en su carácter diferencial, concreto; dando lugar a que la propia organización política de la clase obrera no pueda darse sin tener en cuenta las diferencias desarrolladas entre el proletariado migrante y local. La otra gran enseñanza del Congreso de Stuttgart es la tarea de la coordinación conjunta de la lucha revolucionaria en los países emisores y receptores de migrantes, cimentando así una auténtica política internacionalista.

Nuestro objetivo es constituir la unidad revolucionaria del proletariado con independencia de su nacionalidad, raza, sexo u religión. Comprendiendo la contradicción no antagónica existente entre el proletariado local y el migrante, la intervención comunista dentro de las filas del proletariado local debe pasar por confrontar las ideas chovinistas fomentadas por la burguesía, las cuales terminan derivando en posiciones xenófobas cuya finalidad es ahondar aún más en la división de nuestra clase a través del ejercicio de la violencia intraobrera por la cual el burgués pasa de ser un enemigo de clase a un aliado dentro de la nación como marco armonizador de las distintas clases sociales frente al trabajador migrante, que de aliado de clase es convertido en el otro, el enemigo que hay que destruir. Este aspecto ya fue abordado con anterioridad en nuestro documento Combatir al fascismo en todos los frentes: política comunista y estrategia antifascista, en donde ahondamos en los caracteres básicos del racismo y el chovinismo inherentes a toda ideología fascista. Como síntesis, en el seno del proletariado el fascismo actúa como ideología lacaya ejerciendo esa violencia intraobrera que enfrenta al proletario local con el extranjero. La intervención comunista debe buscar destruir esta ideología lacayuna que el fascismo intenta arraigar dentro de la clase obrera a través de la organización política y económica conjunta del proletariado migrante y local desde los centros de trabajo, organización que debe ir acompañada de una feroz lucha ideológica que neutralice las ideas reaccionarias naturalizadas por los obreros locales. Que se comprenda que de la competencia entre trabajadores solo sale beneficiado el capital, que consigue aumentar su dominio sobre el conjunto de nuestra clase.

Por otra parte, en lo que respecta al proletariado migrante, los comunistas deben aupar sus luchas económicas, politizar su situación material de superexplotación. Frente al relato ultraderechista y fascista que reduce al migrante a mano de obra barata carente de toda capacidad de actuación hemos podido ver en los últimos años cómo sectores del proletariado migrante han empezado a organizarse en la lucha de mejores condiciones de vida: la huelga organizada por la CNT en la fábrica de Litera Meat —el mayor matadero de Europa—, la denuncia de la superexplotación de las trabajadoras agrícolas por parte de Jornaleras de Huelva en Lucha, la organización de las camareras de piso por parte de CSTA Andalucía o la intervención de CJS en Badalona son alguno de los ejemplos más importantes de los últimos años. La intervención comunista debe potenciar esta organización del proletariado migrante, actuando con la finalidad de llegar a sectores superexplotados potencialmente receptivos del mensaje emancipador del comunismo. Los comunistas deben ligar estas luchas del proletariado migrante a los intereses de las masas hondas del proletariado local, desarticulando así la narrativa ideológica fascista que hace del migrante un ser pasivo que empobrece al proletario local.

De la misma manera que nos enfrentamos al peligro de la fascistización con respecto al proletariado local, también el proletariado migrante se encuentra atrapado dentro de sus propias coordenadas ideológicas burguesas/reaccionarias que los comunistas debemos combatir. Un ejemplo de ello son las formas de conciencia religiosa: islam en el proletariado magrebí, catolicismo y cada vez más evangelismo en la población latina. Frente al auge del neofascismo que persigue con ahínco a la población musulmana, los comunistas debemos defender el derecho de la libertad de culto, pero en nuestro trabajo político con el proletariado migrante magrebí es esencial ir neutralizando a la ideología religiosa islamista en pos de la cosmovisión revolucionaria proletaria— teniendo como referencia aquí las propias tradiciones revolucionarias y comunistas de sus países de origen—. Con respecto al evangelismo la lucha debe ser igual o más rigurosa: tolerado e instrumentalizado por las derechas a nivel mundial, el evangelismo neopentecostal tiene su fundamento en la teología de la prosperidad por la cual el rico es el bendecido por Dios frente a la pobreza. Penetrando en las comunidades migrantes latinas —las cuales muchas veces ya vienen impregnados de ideología reaccionaria fruto de las derrotas revolucionarias en el continente americano— el evangelismo desarticula la resistencia colectiva en pos de la salvación individual desde una óptica conservadora y neoliberal: tu prosperidad es obra de Dios y de su querer, aquellos que no prosperan es por su permanencia en el mal.

Otro de los problemas que enfrentamos los comunistas a la hora de organizar políticamente al proletariado migrante es la situación por la cual amplios sectores del mismo son empujados por las dinámicas del capitalismo hacia procesos de lumpenproletarización. La propia condición de superexplotación, junto a la precariedad extrema y al desempleo crónico, tienden a empujar en muchos casos al migrante hacia la marginalidad y la economía sumergida, cuando no directamente en la delincuencia y el crimen organizado. Frente a ello, la postura revolucionaria, no puede consistir, como hace la ultraderecha y el rojipardismo, en condenar al migrante en su conjunto, convirtiéndolo en chivo expiatorio abstracto. La postura revolucionaria, debe basarse en comprender las realidades materiales que producen dichas dinámicas, y confrontar directamente esas posturas reaccionarias al mismo tiempo que también se denuncia a las mafias y el crimen organizado, el cual es tolerado por el Estado burgués en conveniencia con sus órganos represivos. La postura revolucionaria consecuente, por tanto, no debe ser otra que incorporar a ese proletariado a las filas comunistas, mostrando una salida política y colectiva, frente a la lumpenización que el capitalismo reproduce dentro de las filas del proletariado migrante. Para ello los comunistas debemos volver a aprender de las experiencias de auto-organización como las llevadas adelante por el Black Panther Party, capaces de organizar políticamente a un proletariado negro no solamente afectado por la opresión racial, sino carcomido por la pobreza, la lumpenización y el crimen.

Estas orientaciones tienen como objetivo final marcar una pauta de trabajo que desemboque en lo que hemos llamado  la constitución de la unidad revolucionaria del proletariado, es decir,  la comprensión de las diferencias internas dentro de los distintos sectores de nuestra clase para lograr así una nueva unidad superior: la integración en la diferencia de ambos sectores en el Partido Comunista como organización más elevada para la lucha política del proletariado. Sólo así podemos hacer efectivo el glorioso aforismo que como lema de combate cierra el programa eterno de los comunistas “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.


[1]La noción de Partido de Nuevo Tipo de la burguesía es desarrollada por Palmiro Togliatti en sus Lecciones sobre el fascismo, en donde analiza el fascismo como movimiento de masas que permite confluir el descontento de las capas medias con los intereses de la gran burguesía, complementando así las tesis dimitrovianas sobre el fascismo. En italiano: Palmiro Togliatti, Corso sugli avversari en Opere vol.III, Editorial Riuniti, Roma, 1973, pp. 536-537.

[2]Informe Observatorio demográfico CEU (2023), La inmigración en el mercado laboral español. Visto en https://dspace.ceu.es/server/api/core/bitstreams/68e72107-8931-4725-94e3-884816061847/content

[3]CCOO, Las personas extranjeras cobran de media un 49% menos que las personas españolas en Andalucía, https://migracionesandalucia.ccoo.es/noticia:338000–Las_personas_extranjeras_cobran_de_media_un_49_menos_que_las_personas_espanolas_en_Andalucia&opc_id=cb4fe6e09f27e8b8c6a6be7b12b8afcd

[4]El País, Los inmigrantes en España ganan un 29% menos que los trabajadores locales,  https://elpais.com/economia/2025-07-16/los-inmigrantes-en-espana-ganan-un-29-menos-que-los-trabajadores-locales.html

[5]La superexplotación es una categoría desarrollada por Ruy Mauro Marini en su obra Dialéctica de la dependencia, donde analiza la estructura dependiente de los países latinoamericanos dentro de la estructura imperialista mundial. Mauro Marini rescata esta categoría de Marx, en donde la superexplotación es una forma de explotación basada en la obtención de plusvalía absoluta en contraposición a los métodos de mejora que favorecen la generación de plusvalía relativa.

[6]Carlos Marx, El Capital t.I, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, p. 126.

[7]Por citar una noticia: https://www.diariodehuelva.es/articulo/sin-categoria/incendio-arrasa-mas-docena-chabolas-asentamiento-cuadra-lepe/20250823115859329200.html

[8]Alicia Peña Pérez, La superexplotación de los trabajadores migrantes en revista Mundo Siglo XXI, p.74. Enlace:https://repositorio.flacsoandes.edu.ec/bitstream/10469/7136/1/REXTN-MS24-07-Pe%c3%b1a.pdf

[9]En junio de 2025 falleció en Aragón un temporero migrante por golpe de calor, la noticia puede ser leída aquí. También en Alcarràs, Lleida, falleció otro temporero durante el mes de agosto tras haber sufrido un golpe de calor y ser abandonado a su suerte, noticia que puede ser leída aquí.

[10]Daniel Veron, Las políticas migratorias o la producción de una mano de obra sobreexplotada. Los usos del trabajo migrante en Francia y Canadá en Sociología del Trabajo, p.7. Enlace: https://revistas.ucm.es/index.php/STRA/article/view/99358/4564456571400

[11]Immanuel Ness y la migración como imperialismo económico: cómo la movilidad laboral internacional socava el desarrollo económico en los países pobres: https://es.anti-imperialist.net/2023/12/18/immanuel-ness-y-la-migracion-como-imperialismo-economico-como-la-movilidad-laboral-internacional-socava-el-desarrollo-economico-en-los-paises-pobres/

[12]Torkil Lauesen realiza una clasificación en donde estratifica al propio proletariado migrante (ilegal superexplotado y regular, que puede ser superexplotado o no) y al proletariado local (no cualificado que sufre la presión salarial debido a la mano de obra barata del proletariado migrante ilegal, cualificado y sectores de la aristocracia obrera). Enlace: https://es.anti-imperialist.net/2024/08/20/la-lucha-de-clases-en-los-estados-parasitos/

[13]Resolución sobre inmigración y emigración adoptada por el Congreso de Stuttgart de la Segunda Internacional el viernes 23 de agosto de 1907. Ver en: https://www.marxists.org/espanol/liebknecht/1907/septiembre/damocles.htm